El Muro

EL MURO

Hoy me ha despertado el ruido de las excavadoras; malhumorado y aún somnoliento me he levantado pensando quién podía estar trabajando un viernes y atreverse a romper mi dulce sueño el día en que cumplo 18 años. Me asomo a la ventana y me quedo petrificado: ¡están destruyendo el muro! Han abierto un gran boquete en el sitio donde hasta hoy todas las mañanas me saludaba un sonriente retrato de un señor con un pañuelo blanco y negro en la cabeza y vestido con una guerrera verde. Cuando era pequeño, mi padre me contó que lo pintaron el día que yo nací y él murió y que por eso me llamo como él, Yasser.

En su lugar ahora veo un jardín rodeado de rosales y con un césped tan perfecto que parece un campo de fútbol, de esos que veo a veces por la televisión cuando transmiten algún partido de la Liga de Campeones europea. Mi mirada se cruza con la de dos niños que han interrumpido sus juegos  y ahora están boquiabiertos mirando a los obreros. Nuestras miradas se cruzan por primera vez. Durante años solamente les he oído chillar, reirse, corretear, llorar, pelearse en sus juegos después del colegio. Sé que se llaman Benjamin y Salomon porque a diario su madre les llama desde la casa para que entren a cenar. Ahora por fin veo sus caras: uno de ellos es pelirrojo y pecoso, pequeño, fibroso y con cara de trasto. El otro es fuerte, de cara ovalada, rubio y con pinta de bonachón: el típico niño que es el blanco de todas las bromas crueles de sus compañeros del colegio. También sé sus edades, por el tiempo que llevo oyéndoles a diario jugar en el jardín. Somos vecinos desde hace 10 años y nunca nos habíamos visto, no hablamos el mismo idioma y nuestras vidas no tienen nada en común aparte del muro que hasta hoy nos separaba.

Vivimos a escasos 50 metros los unos de los otros pero me doy cuenta de cuán diferentes son nuestras vidas. Veo ahora su casa, una preciosa construcción de dos alturas, pintada de blanco y azul,  grandes ventanales y un jardín que es más grande que la plaza principal de mi pueblo. La mía es gris y sucia, hace años que necesita arreglo, el techo está hundido y la fachada llena de balazos. En lugar de jardín, cuando salgo de mi casa me encuentro con una calle polvorienta, llena de baches, sin asfaltar y que cuando llueve se convierte en un tremendo lodazal. Miro sus ropas de alegres colores y vaqueros de marca americana. Yo llevo la ropa que antes llevaban mis hermanos mayores, desgastada y que aún tendrá que durar más años para que la pueda usar mi hermano pequeño. Veo sus mochilas del colegio y pienso que a su edad yo ya no iba a la escuela. Después de que los soldados israelíes la bombardearan nunca volví. Veo también a su madre que acaba de tocar el claxon para que los niños se suban al coche para ir al colegio. Es una potente ranchera americana de color negro; en mi casa usamos para todo el vecindario una destartalada furgoneta. Pero la gran diferencia es que yo ya no tengo madre. Murió un día que la desesperación le llevó a colocarse un cinturón de bombas que hizo explotar en un autobús en Tel Aviv. En mi pueblo la llaman heroína y al otro lado del muro terrorista.

Mi padre me contó que mi madre nunca pudo superar la muerte de mi hermano Mohamed. Sólo tenía 8 años, los mismos que mi vecino regordete Salomón, cuando cayó la bomba en el patio del colegio que segó su vida y la de 30 compañeros y 2 profesores. Por lo visto Sharon entonces dijo que había sido un lamentable accidente. Sólo ocupó dos líneas de su discurso en el que proclamaba orgullosamente haber destruido uno de los cuarteles generales de Hamás y dado muerte a sus líderes principales en uno de sus llamados “ataques selectivos” que entonces ocurrían con tanta  frecuencia que se convirtió en una rutina más acudir a visitar a nuestros amigos al hospital o aún peor a su entierro.

Miro a mis vecinos que acabo de conocer pero no siento odio mientras pienso en nuestras diferencias; yo podría ser uno de ellos y ellos podrían ser yo. Tan solo nos separa un muro que hoy están destruyendo. Me río hacia mis adentros pensando que a partir de hoy tengo una ventaja sobre ellos: desde mi ventana yo veo un precioso jardín y ellos un horrible edificio de hormigón con el techo hundido y la fachada llena de balazos…

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