La Cañada de Paulinha y Epifanio

El campo era como todos los años en primavera un festival de amapolas rojas que como lunares cubrían aquel manto verde junto a la cabaña de la pastora. Paulinha abrió la contraventana de madera de su dormitorio para respirar profundamente una bocanada de aire fresco impregnado aún de la humedad del rocío que cubría la hierba, mientras contemplaba el amanecer sobre el valle. Todas las mañanas del año seguía ese pequeño ritual que le confería esos cinco minutos de libertad antes de empezar nuevamente una larga jornada de trabajo: abría la ventana de par en par, se encaramaba al alféizar, se contorsionaba para llegar al canalón y se deslizaba cual experto bombero hasta caer sobre la mullida hierba. Se sentaba cruzando las piernas, respiraba profundamente, cerraba los ojos e intentaba imaginar un sitio lejano y exótico, cuyo paisaje no tuviera nada que ver con lo que tenía delante de la vista. A veces eran manglares de densa vegetación y nubes de vapor y niebla, otras eran extensas sabanas donde los leones dormitaban perezosos, y a menudo desiertos donde ni los alacranes asomaban la cabeza bajo un sol de justicia. Últimamente también se veía caminando por las calles de una gran ciudad entre luces de neón y anuncios de estrenos de películas en pantallas de gran formato.

Tras esos cinco minutos de meditación comenzaba su rutina diaria preparando primero un contundente desayuno a base de leche de oveja y gachas cocinadas en el llar de la cabaña, mientras aireaba su habitación, recomponía el jergón y pasaba rápidamente la escoba por el habitáculo de la planta baja que conformaba la cocina, el comedor y la despensa. Se lavaba la cara, las manos, sus partes púdicas, se vestía y…¡andando!. Abría la puerta de la cabaña, silbaba para llamar a Tolo, su fiel perro, que rápidamente se ponía manos a la obra para juntar el disperso rebaño de ovejas que comenzaban a desperezarse y juntarse cual escuadrilla dispuesta para un desfile.

Paulinha  se ponía al frente del rebaño, comenzaba a andar cañada arriba y rutinariamente seguía la senda hacia el collado. Aquella mañana no era diferente a ninguna otra pero de alguna manera a Paulinha le dio por pensar en su plana existencia, su vida rutinaria alejada de la civilización, sin otra compañía que la de sus ovejas y su perro. Su madre había muerto hacía algunos años, víctima de unas fiebres misteriosas que fueron poco a poco minando sus fuerzas y su padre un día desapareció misteriosamente. Como toda herencia le habían dejado aquel rebaño de ovejas y la cabaña, que aun siendo diminuta, a veces a Paulinha se le hacía grande y vacía, falta de calor, de conversaciones, de discusiones, de risas y llantos. El único calor que encontraba era el aliento de Tolo cuando en las noches de invierno se apretujaba contra su cuerpo y podía sentir el rítmico palpitar de su aun joven corazón. Enfrascada en esos lúgubres pensamientos no se había percatado de que a su lado pasaba otro pastor al frente de dos escuálidas ovejas y un perro de lanas que bien pudiera confundirse con los otros dos animales.

¡Bos días, filla mía! dijo el pastor.

¿Ehh?…

Bos días rapaza! Espero no haberte asustado. No tengas miedo, solo quería falar un rato contigo.

No, si solamente me he sorprendido porque andaba pensando en mis cosas y no me esperaba encontrarme a nadie por aquí.

Sí, es verdad, esta cañada es muy solitaria, sólo la frecuentamos tú y yo.

Pues yo nunca te he visto antes. ¿Vienes de fuera?

Nooo, yo hace mucho que vengo por aquí, de hecho te conozco desde antes de que tus padres murieran.

¿Cómo puedes saber eso? Es imposible, llevo años andando por estos caminos y nunca  te había visto.

Claro, como siempre estás en las nubes no te das cuenta de que todos los días te cruzas conmigo, yo te digo bos días y tú ni te percatas y sigues adelante como si no existiera.

Paulinha se quedó muda y se sintió culpable de no haber saludado nunca al anciano pastor, pero no dio su brazo a torcer: será que no pasas a mi lado y que me saludas únicamente con la mirada. Si hubieras pasado cerca de mi te aseguro que me hubiera dado cuenta. ¿Dónde está el resto de tu rebaño? – intentó Paulinha desviar la conversación.

No tengo más ovejas, replicó el hombre. El resto se me cayó por un precipicio una noche sin luna en la que andaba perdido y no me di cuenta de que caminábamos hacia un barranco.

Vaya, pues si que es mala suerte.

No creas, perdí a las ovejas, pero recuperé otras cosas.

Ya, y ¿cómo es que todavía andas por el mundo con dos únicas ovejas? Eso sí que es absurdo.

Más absurdo es andar por los caminos con un rebaño y no enterarse de que todas las mañanas pasan por tu lado…

Paulinha tragó saliva y nuevamente se sintió atacada. ¿Y te extraña? La verdad es que no llamas mucho la atención.

Bueno, eso depende de lo ocupado que esté uno mirando la vida pasar sin ni siquiera verla.

¡Oye, que yo no te ofendí y no pedí que me dieras la charla!

No te estoy dando la charla, sólo estamos hablando.

Bueno, me voy que ya se me ha ido la mitad de la mañana. Procuraré que la próxima vez, si es que la hay, no se me pase por alto tu presencia.

Tranquila que nos veremos mañana, como todos los días.

Irritada, Paulinha arreó a las ovejas que se habían arremolinado tranquilamente a pastar mientras hablaba con el anciano. ¡Vamos, Tolo, a la faena que parece que estés dormido!

Hasta mañana, Paulinha

Ella se dio la vuelta sorprendida y le dijo: pero, ¿cómo es que sabes mi nombre? Y tú, ¿cómo te llamas?

El viejo sonrió y tranquilamente le contestó: Epifanio, para servirte.

Paulinha se fue alejando y no se lo podía creer. ¿Cómo era posible todo aquello, que supiera su nombre, la historia de sus padres, que dijera que se cruzaba con ella cada mañana y ella nunca se hubiera percatado? Francamente misterioso…por más que buscó en su memoria era incapaz de acordarse de nada que le recordara a este hombre.

Siguió andando y andando sin apenas darse cuenta de que llegaba el crepúsculo y de repente la noche se ciñó como un espeso manto sobre ella, envolviéndola en la más absoluta oscuridad enmedio de un frondoso bosque amenazador. La joven estaba aterrada, Tolo ladraba como un poseso indicando con su hocico un camino que se adentraba aún más en la espesura de aquella selva, fuera totalmente de los prados y caminos que Paulinha frecuentaba habitualmente. Nada le era familiar y entró en pánico. Comenzó a dar vueltas y al poco tiempo se dio cuenta de que había estado andando en círculos y se había adentrado cada vez más en la espesura.

¡Socorrooo!, gimió, ¡que alguien me ayude!

A su voz ahogada por el miedo no respondió más que el ulular del viento entre las hojas, la lluvia que empezaba a arreciar, los truenos en las distancia y el crepitar de la maleza al paso de algún animal nocturno que no reconoció. Cada vez se sintió más angustiada, hasta que rompió a llorar.

De repente, Tolo, que había estado husmeando por los alrededores volvió corriendo y moviendo su rabo le ladró para que le siguiera. Esta vez Paulinha sí le hizo caso y siguió sus pasos hasta llegar a una humilde cabaña en el bosque. Algo aliviada entró en la precaria construcción de madera y pensó que al menos estaría protegida de los lobos y del viento que cada vez arreciaba más y movía amenazadoramente las copas de los árboles. Se acomodó como pudo en el suelo de la cabaña y dejó entrar a las dos únicas ovejas que cabían junto a ella para así protegerlas y que al mismo tiempo le procuraran calor. Tolo se quedó fuera vigilando el rebaño y la seguridad de su dueña. Paulinha se arrebujó entre Pitina y Rumbosa, sus ovejas favoritas, y por primera vez en años rezó a Dios que tuviera a bien protegerla aquella noche. No pudo conciliar el sueño, pero al menos la noche pasó sin más incidencias escuchando rugir sus tripas del hambre que tenía, aunque en realidad no sabía muy bien si no serían más bien sus nervios atenazados los que le retorcían el estómago.

Su mente era una trepidante montaña rusa que no hacía más que barruntar ideas cada vez más lógobres: imaginó una manada de lobos hambrientos acechando en la oscuridad decidiendo a cuáles de sus ovejas atacar y que incluso destrozaban la débil puerta de la cabaña para hacer un festín de ella, Rumbosa y Pitina; pensó que el viento se convertiría en tormenta y que un rayo partiría alguno de los árboles de alrededor cayendo sobre el techo aplastándolas sin remedio y que un fuego se prendería dentro asfixiándolas…

Su corazón palpitaba a mil por hora, hasta que por fin, llegó el amanecer y el viento se calmó. Paulinha, aun tiritando de frío y miedo salió tímidamente, encontrándose con una incipiente verbena de colores que iban dejando paso a la salida del sol. Esta visión calmó su corazón agitado y fue capaz de dar gracias por concederle un nuevo día.

Se restañó los ojos, desentumeció su cuerpo, acarició a las rapazas que le habían insuflado calor durante la noche y poco a poco echó a andar seguida fielmente por Tolo y su rebaño. El olor del tomillo en flor les condujo lentamente hacia un sendero fuera de aquel bosque que por la noche le había parecido tan tenebroso pero que ahora despertaba a la vida con el canto de ruiseñores, petirrojos y mochuelos. Paulinha se paró junto a un pequeño arbusto de tomillo y agitando sus hojas se restregó las manos para inhalar profundamente el refrescante olor que desprendía. Concentrada como estaba no se percató de la llegada de Epifanio, que la observaba a prudente distancia con una media mueca de sonrisa en la cara.

¡Bos días, rapaza, mira que madrugaste hoy, que ya andas por aquí lejos de tu cañada!

Paulinha dando un respingo, esta vez se alegró de escuchar una voz conocida.

¡Epifanio! me alegro de verte, home! ¿Qué haces?

No sé, es muy raro, hacía mucho tiempo que no venía por aquí pero mis ovejas me han traído y yo no he hecho más que seguirlas. ¿Pero tú? Tú sí que estás lejos de tu cañada.

Ya, bueno, es una historia un poco larga. Ayer eché a andar y no me di cuenta de que me iba alejando y se me echó la noche encima sin saber dónde estaba. Menos mal que encontré una cabaña donde pasar la noche y bueno, por lo menos me pude echar un rato en el suelo bajo techo.

Mira qué casualidad, así que has pasado la noche en mi cabaña.

¿Es tuya? Lo siento, pensé que estaba abandonada y por eso entré.

No te preocupes, me alegro de que te sirviera, yo hace mucho que no la uso y la verdad es que está un poco abandonada. Espero que no te haya comido la maleza.

Estaba bastante bien y lo importante es que me pude guarecer de la tormenta y de los lobos.

Pobrecilla…habrás pasado miedo.

Pues…algo si, admitió Paulinha intentando hacerse la valiente.

Con un tono entre divertido y compasivo exclamó: ¡pero si aún te tiemblan las piernas como una hoja!

Molesta, Paulinha le contestó: me hubiera gustado verte a ti en esta situación, a ver qué cara tendrías ahora.

No hace falta que me lo recuerdes, ya te dije ayer que una noche sin luna yo también me perdí.

¿Ah si? No recuerdo que me lo contaras.

Claro, quien no escucha es como quien no ve, se le pasa la vida sin enterarse de lo que pasa alrededor.

No me vengas otra vez con sermones. No creo que tú seas el más indicado para recriminarme nada. Ya lo que me faltaba, que un viejo loco que camina con dos ovejas por el mundo me de lecciones y consejos. Me voy, que se me hace tarde.

¡Hasta mañana, Paulinha! Por cierto, para ir a tu cañada y a tu casa tienes que coger la senda que se ve allí al fondo, seguirla unos 4 km y cuando llegues a la encrucijada, cruzas el puente y ya llegas al río que tú conoces.

Paulinha echó a andar con sus ovejas detrás y se pasó el día maldiciendo su suerte. ¿Cómo había estado tan distraída que se había perdido? ¿Por qué llevaba dos días encontrándose con aquel hombre tan pesado? Y más importante aun: ¿qué pintaba ella con aquel rebaño de un sitio para otro, sin amigos, sin familia y viviendo en una mierda de cabaña en mitad de la nada? Recordaba que de adolescente soñaba con un día marchar a la ciudad y vivir una vida intensa. Bien pensado, ¿qué le retenía allí? ¡NADA! Era libre como el viento que el día anterior ululaba entre las copas de los árboles. Allí mismo tomó la primera decisión importante de su vida: vendería las ovejas en el mercado y con el dinero que sacara se iría a vivir a la ciudad. Se acabó, ¡ya está bien de esta vida monótona y asquerosa!.

Siguió las instrucciones del pastor y llegó sin más percance a su casa. Dedicó el resto del día a recoger sus cosas y decidir qué se llevaría. Por primera vez en tiempo silbó de alegría y se sintió aliviada.

Al día siguiente se levantó, se vistió, desayunó y miró en derredor por última vez. Cerró la puerta tras sí y sin echar la vista atrás se dirigió con paso firme al pueblo donde el primer jueves de cada mes había mercado de ganado.

Dirigió sus ovejas hacia un cercado que estaba libre y se sentó sobre una piedra a esperar que alguien se interesara por su rebaño.

Paulinha era tímida y poco ducha en los negocios de la venta. Veía cómo a su alrededor la gente hablaba animadamente, los compradores evaluaban a los animales con mirada experta y de vez en cuando se estrechaban manos y el ganado pasaba de un tratante a otro. Ella miraba y sonreía a los tratantes pensando que alguno ya repararía en ella y su rebaño, sin darse cuenta de que los vendedores estaban constantemente atrayendo a los compradores invitándoles a pasar a sus cercados y observar el “material”, hablándoles de la fuerza de sus animales de tiro, la cantidad de leche que daba tal o cual vaca, lo buena paridora que era esta o aquella, el impecable semental que producía unas vacas tremendamente productivas….

Entre aquella frenética actividad nadie reparaba en aquella casi niña que, sentada sobre una piedra, miraba a la gente pasar esperando que alguien le dirigiera la palabra.

Poco a poco el mercado se fue quedando vacío, los ganaderos que habían hecho buenos negocios se dirigían a los bares de la plaza para celebrarlo y los nuevos dueños arreaban el ganado hacia grandes camiones que lo llevarían al matadero.

Paulinha se quedó sola  en el atardecer del mercado. Decepcionada y desorientada sin saber qué hacer ahora con el rebaño, no reparó en la presencia de un hombre enjuto que la miraba compasivamente y con una sonrisa socarrona en la cara.

¡Boas noites Paulinha! ¿Qué fas tu por aquí?

¿Otra vez tú? Siempre te apareces en el momento más inoportuno. Ya que lo quieres saber, vine a vender mi rebaño.

Ya te vi todo el día, pero claro si no falas con nadie no puedes vender. El que no fala es como el que no oye ni ve, no se entera de lo que quieren los demás.

Ya habló otra vez el listeras que se pasea como un idiota con dos ovejas por ahí sin hacer nada en todo el día…

Bueno, yo me pasearé con dos pero tú haces lo mismo y con 20 más, no creo que haya mucha diferencia, ja, ja.

¡Déjame en paz! ¡Estoy harta de ti!

Bueno, muller, no te enfades, que no merece la pena. ¿Dónde vas a dormir? ¿Tienes algo que comer?

Tomaré leche y ya buscaré un sitio tranquilo a las afueras del pueblo donde pasar la noche. No es la primera vez que duermo al raso.

Esta noite viene fría y caerá helada, no veo que hayas traído mantas…

Ya me arreglaré.

Venga, rapaza, vente a mi casa y mi muller te preparará un caldo y una cama para que descanses.

Paulinha reflexionó un instante y decidió tragarse su orgullo pensando que la propuesta del pastor era la más coherente en este momento, viendo que tampoco las alternativas eran muy apetecibles.

Al poco llegaron a la casa del pastor, una construcción de piedra de mampostería de dos plantas, con el establo en la parte de abajo, la vivienda y el granero en la parte superior, de cuyo alero colgaban las mazorcas de maíz y las ñoras que se iban secando pacientemente al sol cuando éste salía de vez en vez tras el orballo.

La muller les había visto llegar ya desde lejos y les recibió en silencio al pie de la escalera que subía al llar.

Brixida, ¿te importaría echarle unas patatas y grelos más al caldo y preparar la cama a esta rapaza que viene muerta de frío y hambre?

Pero Epifanio, y esta muchacha ¿quién es? ¿Dónde la has recogido? Desde que no tienes ovejas parece que te dedicas a acoger personas descarriadas.

Muller, no fales axi de la hija del Clarín…

Epifanio, pero es que me tienes muy harta, si no es la filla del Clarín, es el hermano del Antón, el padre de la Luisa, el hijo de no sé quién o un desconocido cualquiera. El caso es que noche si y noche también me traes a alguien que has recogido de la calle. ¿Qué te crees, que somos Amancio Ortega, o qué? Aquí hay que hacer equilibrios para llegar a fin de mes siempre.

Muller, no seas así, una patata más o menos no va a ninguna parte y esta filla está agotada, ¿no lo ves?

Ya pero si no fuera por tu generosidad, también nos iría un poco mejor las cosas.

Avergonzada, Paulinha asistía muda a la discusión de la pareja. Cabizbaja dijo: bueno…yo…no quería molestar señora, de verdad, yo ya me voy.

Bríxida apiadándose de la muchacha la invitó a sentarse delante del fuego, del que colgaba un puchero humeante que despedía un olor que a Paulinha se le hacía el del mejor de los manjares. Se acomodó en una banqueta delante del fuego y se quedó ensimismada mirando el crepitar de las ramas de sarmientos mientras se frotaba las manos para entrar en calor.

Bueno, rapaza, al menos tomo un cuchillo y pela unas patatas y unos nabos para añadir al caldo, ¿no? Agradecida, Paulinha le sonrió y obedeció sus órdenes. De mientras, Bríxida se acercó a la alhacena y sacó de ella un chorizo y una longaniza que había dejado curar de la última matanza. Lo partió y lo añadió al caldo bajo la atenta mirada sonriente de Epifanio.

¡Tengo una muller que no me la merezco! exclamó Epifanio rodeando su cintura.

Déjame, viejo verde, y prepara el colchón de la nena, que estará muerta de cansancio y se querrá ir a la cama enseguida.

Bríxida sirvió tres platos generosos del caldo y los colocó encima de la mesa junto con una hogaza de pan y una botella de vino. El olor de la grasa del chorizo desbordaba el puchero y la lumbre impregnando la casa de una fragancia que resultaba lo más parecido a un hogar que Paulinha recordara. Interrumpió el silencio reinante y le preguntó a Epifanio:

–         Dime una cosa, ¿de qué conocías tú a mi padre?

–         Ay, filla mia, esa es una historia muy larga

–         Bueno, tengo tiempo para escucharte

–         Je, je, ya veo que has cambiado de actitud

Levantando el vaso de vino y mirando a sus dos anfitriones les confesó que había aprendido una gran lección: “cualquier cosa que hagas en la vida, por pequeña que sea, hay que hacerla con amor, si no nunca sale bien”.

Por fin has escuchado a tu corazón, rapaza.

¿Y la historia de mi padre?

Mañana, hoy ya es tarde.

Sólo dime una cosa: ¿tiene que ver con tus dos ovejas y el barranco por el que cayeron el resto?

Algo de eso hay….Acábate las patatas, nena.

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2 pensamientos en “La Cañada de Paulinha y Epifanio

  1. Me has amenizado el viaje en tren de esta mañana. Muy bonito el relato, la historia y cómo está escrito. Sí que disfutas tú yendo a la montaña!!
    Un beso

    • Muchas gracias por tu comentario Luis. Para una escritora novel como yo es bonito saber que hay personas que disfrutan con la lectura. Efectivamente la montaña inspira mucho, pero también el yoga, el mar…Mi próximo cuento será sobre el Camino de Santiago del Norte (el que va de Irún a Santiago siguiendo la costa cantábrica) a petición de una de mis lectoras que me ha regalado una frase muy bonita: “Aun el camino más largo en esta tierra, siempre empieza con el primer paso” se dijo el caminante mientras contemplaba la desembocadura del Bidasoa, y, resueltamente, se dirigió hacia el Oeste…..

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