Eva cuenta

El sol entraba entre las rendijas de las contraventanas y dibujaba sobre el cuerpo desnudo de Eva unas líneas que adornaron su cuerpo como el de una tigresa o una gata que, atravesada en la cama, retozaba respirando rítmica y pausadamente después de una noche de pasión con aquel amante inesperado que se había colado en su cama de manera sutil, sin ruido, de forma natural como el fluir de un río…

Eva paseaba por el parque por primera vez admirando las formaciones de piedra de las bóvedas de aquella catedral natural, se perdía entre el mar de columnas y era deslumbrada por el crisol de colores de los azulejos rotos ajena a las hordas de turistas japoneses, italianos, franceses y demás personajes de aquella Torre de Babel que se agolpaban frente al lagarto para tomarse una foto agarrados a su cuello, sentados sobre su lomo o tirándole de las orejas.

Eva recorrió los jardines de aquel laberinto descuidado y abandonado cubierto de pinos negros, magnolios, romero, espliego, tomillo y otras hierbas que de llevárselas hubieran servido para llenar de fragancias su cocina y sus platos. Pero Eva hoy estaba de descanso, había cerrado su restaurante temprano y había decidido ir al parque que estaba a pocos metros de su trabajo para disfrutar del atardecer sobre aquella ciudad aún extraña y desconocida para ella, a la que había llegado hacía poco tiempo empujada por la crisis económica de su país.

Guiada por el sonido de una guitarra lejana subió a una parte del parque en la que apenas había gente y donde las columnas de piedra brillaban doradas al resplandor de un atardecer como un templo griego dedicado a Artemisa. Se sentó en una piedra y recostada sobre un pilar se relajó, cerró los ojos y comenzó a escuchar las palabras que le salían de la boca a aquel músico que también con aire solitario parecía importarle poco su audiencia, concentrado como estaba en sacar el tono preciso a su guitarra.

Poco a poco el parque se iba vaciando de visitantes. Eva y el músico se quedaron solos y en silencio. Mientras él recogía su guitarra, Eva se acercó tímidamente a él y sonriéndole le dijo:

“―Tocas muy bien, me gusta mucho tu música.  Me recuerda a Silvio Rodríguez, a los cantautores hispanoamericanos. ¿De dónde eres?.”

El músico devolviéndole la sonrisa contestó:

“―Nací en un pueblo del sur de Chile, pero en realidad ¿qué importancia tiene?. Uno es de donde se encuentra en cada momento. ¿Y tú?.”

Después de una frase con tanta profundidad, Eva no sabía qué responder y se le ocurrió otra genialidad:

“―Bueno…yo soy un poco ciudadana del mundo, del norte de Dinamarca, de Inglaterra, de Kenia de…pero ahora llevo un  mes aquí. Y tú, ¿llevas mucho tiempo en esta ciudad?.”

“―Con interrupciones unos 10 años.”

La conversación no parecía fluir y Eva tenía la sensación de que el músico tenía ya cierta prisa por marcharse.  “―Bueno, ya nos veremos…¿Sueles venir por aquí a tocar?.”

“―Sí que vengo casi cada tarde aquí a tocar un rato. Por cierto ¿no quieres llevarte un disco?. Son 10 € nada más.”

“―Yo ya no compro música porque al final casi nunca estoy en casa para escucharla y ahora procuro viajar con poco equipaje siempre, de manera que los CD’s y los libros son un lastre.”

“―En ese caso, si quieres ven algún día a un concierto mío.”

“―Esa idea ya me gusta más. ¿Dónde tocas?.”

“―Aquí y allá, pero con frecuencia en un sitio que se llama La Casa de los Cuentos.”

“―Ya solamente por el nombre  seguro que merece la pena ir.”

“―Estaré allí esta noche, si quieres.”

“―No te prometo nada, pero quizá vaya.”

“―Vale, si no ya nos veremos otro día por aquí.”

En la sala Eva contó cuatro personas, que, como extraños se habían sentado cada uno en una esquina. El músico comenzó a hablar, a contar  y tocar sus canciones embrujando a su audiencia con su sencillo humor, sus profundas palabras y el toque de su guitarra que llevaba pintada una preciosa rosa roja sobre la tapa armónica.

Al finalizar el concierto el músico anunció que tenía un disco para vender y mirando a Eva se lo volvió a ofrecer.

Eva se acercó a él y le susurró al oído:

“―Ya te dije que no compro música, pero sí cuento cuentos a quien me regala una frase para comenzar una historia. ¿Te atreverías a darme una?.”

“―Déjame pensar… Ya lo tengo: quisiera que me contaras un cuento sobre las inmensas sabanas de África.”

Eva sonrió y cogiendo al músico de la mano, lo llevó a su habitación, encendió varias velas, buscó el único disco que tenía y mientras sonaban los primeros acordes de Memorias de África, respiró profundamente y con voz trémula y calurosa comenzó a hablar:

“―Yo tenía una granja en África a los pies de las colinas de Kog.”….

El músico se levantó de la cama, miró largamente el cuerpo de Eva y sacó la guitarra de su funda.

Comenzó a tocar algunos acordes aparentemente inconexos y la letra comenzó a fluir:

Salen de dentro de la boca de la mujer de las palabras voces de un mundo lejano que a través de ella nos hablan. A Eva el paraíso le crece sobre la lengua….

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