La Cañada de Paulinha y Epifanio II

A la mañana siguiente Paulinha se despertó arrebujada sobre el jergón que Epifanio le había preparado la noche anterior. Miró en derredor y no reconoció ningún elemento familiar: nada se parecía a su cabaña del valle. “ ―¿Dónde estoy?―pensó en voz alta. Aturdida intentó recordar cómo había llegado hasta esta casa de paredes de  piedra y hermosa chimenea. Enfocando un poco más su mirada descubrió delante de sí la silueta de un anciano que extendía su brazo para ofrecerle un tazón de leche con trozos de pan y una sonrisa que iba de oreja a oreja.

“― Por fin rapaza puedo disfrutar de tu compañía y cuidarte un poquinho.”

“― Pero tú, quién eres? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué no estoy en mi casa?.”

“― ¿Te olvidaste otra vez? Pensé que estabas recuperando la memoria. Como ayer y anteayer me reconociste tenía la esperanza de que te ibas acordando de las cosas.”

“― Recuperarme, ¿de qué?. No te había visto nunca. ¿Dónde estoy?, ¿qué hago aquí?. ¡Quiero irme! ―gritó Paulinha a trompicones.

Epifanio suspiró y empezó a contarle dulcemente lo que había ocurrido hacía unos meses.

“―Tranquila, nena, siéntate cómodamente que tú y yo tenemos que hablar. ¿Te acuerdas que el otro día te dije que yo también me había perdido en una noche de tormenta  y que mis ovejas se habían caído por un barranco?.”

“―Pues sinceramente no, si ni tan siquiera sé quién eres.”

“― Bueno, pues te voy a contar la historia de cómo perdí a mis ovejas.”

“― ¿Y por qué crees que me va a interesar?. La verdad es que eres bastante raro. Me traes un tazón de leche a la cama sin conocerme de nada y me quieres contar la historia de tu vida. Nunca había visto nada igual.”

“―¿Y si te dijera que tu padre y yo éramos amigos y que desapareció por esta circunstancia que te quiero contar?.”

“―Y si eras amigo de mi padre, ¿cómo es que yo no te conozco?.”

“―Porque aquella misma noche en que sucedió todo esto tú perdiste la memoria, de manera que no eres capaz de acordarte de un día para otro lo que te ha ocurrido.”

“―¿Cómo? Esto es como una película de terror, pero de las malas. ¡Deja de tomarme el pelo!.”

“―Ya me gustaría que así fuera, pero lamentablemente es lo que diagnosticaron los médicos. El problema es que no se sabe muy bien si recuperarás la memoria o no. Nos dijeron que lo mejor era que volvieras a tu entorno habitual y siguieras tus rutinas, que esa parte de tu cerebro no estaba afectada y lo mejor era que te vigiláramos sin presión, esperando que de forma natural tú fueras recordando las cosas. Por eso estaba tan contento ayer, porque te habías acordado de mí y de lo que estuvimos hablando el día anterior.”

“― Esto es realmente increíble…”―dijo con un hilo de voz Paulinha―Entonces, según tú, ¿qué es lo que ha pasado?.”

“―Bueno, pues empecemos por el principio, te voy a presentar a tu padre. Él se llamaba Clarín y era pastor desde los 14 años, igual que yo. Su padre había ido a trabajar a la industria del automóvil y él, como era el mayor de sus hermanos, se quedó al cargo del rebaño y del resto de la familia. Entonces tu familia y la mía éramos casi vecinos, por lo que tu padre y yo crecimos juntos y empezamos a ocuparnos de las ovejas casi a la misma edad. Dejamos la escuela y nos dimos cuenta de que esta vida nos gustaba. Aunque era dura apreciábamos la libertad de no tener que ir todos los días a una fábrica, sufrir el ruido, la contaminación y las órdenes de un jefe.”

Epifanio tomó su tazón de leche y dio un sorbo grande antes de continuar. Paulinha le escuchaba atentamente.

“― Así transcurrió el tiempo, conocimos a nuestras mujeres, nos casamos, tuvimos hijos y seguimos cuidando de nuestras ovejas, sin que nada extraordinario sacudiera nuestras vidas. Tú desde pequeña te interesaste por el pastoreo y aunque tus padres insistían mucho en brindarte una educación formal, tú aprovechabas tus momentos libres para acompañarnos en nuestras tareas cotidianas. Te aprendiste los nombres de todas las ovejas y eras capaz de distinguir a cada una de ellas sin dudar. Ellas realmente parecían tu familia.”

“―Pues eso parece haber cambiado ahora. La verdad es que excepto Pitina y Rumbosa, las demás me son indiferentes, las podría vender y me quedaría tan contenta”―añadió ella con cierto escepticismo― “pero prosigue, que me está resultando un cuento bonito.”

Haciendo caso omiso de la apreciación de Paulinha, Epifanio continuó contando su historia.

“―Un día en que Clarín se había quedado en casa por una indisposición, me acerqué por la tarde, preocupado porque desde el día anterior echaba de menos a seis de mis ovejas y quería preguntarle si las había visto o si se habían unido a su rebaño. Él contestó que no había visto a ninguna merodeando la casa, pero no obstante te preguntó a ti si habías visto algo anómalo. Tú contestaste que no, pero resueltamente cogiste tu cazadora y saliste fuera dispuesta a acompañarnos en la búsqueda. Recorrimos sendas, cañadas, abrevaderos, llegamos incluso a las lindes de otro concejo, pero nada, mis ovejas no aparecían. Obsesionados y absortos como estábamos en la búsqueda, no nos habíamos dado cuenta de que teníamos una tormenta en ciernes y que estábamos bastante lejos de nuestra casa. El viento arreciaba, comenzó a llover de tal forma que no podíamos ni ver la mano delante de los ojos. Las nubes se habían metido en el valle formando una densa capa infranqueable que aún nos desorientaba más.

Tu perro Tolo y el mío Barilo hacían enormes esfuerzos por mantener el resto de mi rebaño controlado, ya que, asustadas, las ovejas corrían sin rumbo como queriendo huir de aquella tempestad. Procurábamos mantenernos juntos pero esto también era cada vez más complicado, pues el estruendo de los truenos nos dificultaba también oírnos los unos a los otros. Tu padre, siempre tan valiente, iba delante de nosotros también controlando que las más asustadizas no se descarriaran demasiado y perdiéramos más animales. Tú ibas en medio de nosotros dos utilizando el parapeto natural del corpachón de tu padre para protegerte mínimamente de la lluvia y del viento que a ratos casi te llevaba en volandas. De repente, un paso en falso, tu padre resbaló, tropezó y cayó rodando collado abajo sin que ninguno de nosotros pudiera frenarlo. Las ovejas, malditas gregarias, también excepto dos que pudimos sujetar entre Barilo y yo, se despeñaron junto con tu padre. Tú fuiste la testigo de excepción de aquella caída al abismo en la que tuviste que ver cómo tu padre rebotaba como un títere de roca en roca hasta que se perdió de vista en el fondo del valle. Desesperado grité hasta desgañitarme y te agarré con todas mis fuerzas no fueras a caerte tú también. Te habías quedado paralizada mirando el precipicio que se abría a tus pies y tuve que tirar de ti violentamente para alejarte de la sima. Al poco rato, por fin y por suerte encontramos una pequeña cabaña de madera en la que nos metimos a protegernos de la lluvia y el frío hasta que llegara el amanecer. Mis dos únicas ovejas nos dieron algo de calor aquella noche infernal que pasamos en silencio y angustiados, tiritando como hojas de papel.

Unas horas más tarde la tormenta remitió y pudimos descansar un rato. Cuando nos desperezamos por la mañana tú me miraste con cara extraña e interrogante.

¿Quién eres?, me preguntaste, ¿qué hacemos aquí?. Soy Epifanio, el amigo de tu padre, contesté yo confundido. ¿Mi padre? ¿Quién es mi padre?

Vamos, Paulinha, ¿qué te pasa? ¿Estás muy cansada y aturdida, verdad?

Sí que lo estoy, pero dime una cosa, ¿por qué estoy tan mojada?

Ayer hubo una tormenta muy fuerte y nos calamos hasta los huesos, ¿no recuerdas?

No…

Angustiado por lo que estaba ocurriendo, te tomé de la mano y fuimos andando hacia la ciudad. Tenía que llevarte urgentemente a un médico. Al llegar al hospital y contar lo ocurrido varios médicos y psicólogos se ocuparon de ti, te hicieron innumerables pruebas y concluyeron que tenías una amnesia temporal debido al shock vivido, pero que lo curioso era que el resto de tu memoria estaba intacta. Eras capaz de recordar perfectamente tu nombre, dónde vivías, tu familia, cómo se llamaban tus ovejas, pero nada de lo que estuviera relacionado con la muerte de tu padre. Yo igualmente para ti era un extraño que te había recogido en el camino en una noche de tormenta.

Los médicos dijeron que probablemente era cuestión de tiempo, que poco a poco y si sutilmente te iba hablando de episodios puntuales de tu padre te irías acordando. Lo importante era que cuanto antes regresaras a tu entorno habitual, recuperaras tus rutinas y a ser posible que nadie te molestara con la truculenta historia vivida.

Volvimos a tu casa y sucedió algo muy curioso: cogiste el mando de la situación. A partir de entonces todos los días te levantabas, limpiabas la casa y salías con el rebaño a los pastos y cañadas de alrededor de tu casa. Yo te observaba de cerca, haciéndome el encontradizo contigo todos los días para ver cómo estabas evolucionando. Y todos los días me hacías la misma pregunta: ¿Quién eres? No te he visto nunca por aquí.”

“―Vaya, para ti ha tenido que ser muy frustrante todo esto, supongo que además te hayas sentido culpable por todo lo ocurrido.”

“―Pues sí, no es para menos. Durante meses volvía a casa desesperanzado viendo que no hacías progresos. Mi mujer intentaba consolarme pero era en vano.”

“―¡Pobre Epifanio! Y dime una cosa, se encontró el cuerpo de mi padre? ¿Dónde está enterrado?.”

“―Sí, una semana más tarde del accidente los guardias del Seprona por fin dieron con él. Lo enterramos debajo de un árbol junto a la cabaña que nos sirvió de protección aquella noche y donde te encontré hace unos días cuando de nuevo te pilló la tormenta por sorpresa.”

“―Así que he vuelto allí hace poco. ¿Y cómo es que encontré el lugar?.”

“―No lo sé, pero curiosamente al día siguiente de la tormenta mi intuición me dijo que tenía que ir a la cabaña y allí te encontré.”

“―Igual fue mi padre el que te llamó para que me protegieras.”

“―Quizá sí.”

“―Llévame allí, por favor Epifanio, quiero ver la tumba de mi padre.”

Tomaron la senda que atravesaba el río y el bosque hasta llegar a un pequeño otero en el que bajo un frondoso roble apenas llamaba la atención una estilizada cruz de hierro. Paulinha cogió a Epifanio de la mano y así estuvieron rindiendo un silencioso homenaje durante un tiempo que ninguno de los dos supo precisar. Paulinha salió de sus pensamientos para preguntar a Epifanio:

“―¿Tú crees que mañana recordaré algo?.”

Epifanio rodeó sus hombros con su brazo.“―No lo sé, pequeña.”

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