Memorias de una mujer rodante

Este post va dedicado a la Fundación Global Play cuyos promotores sueñan con un África Subsahariana en el que se pongan los medios para erradicar el analfabetismo. Su próximo proyecto consiste en dotar a las zonas donde ya tienen escuelas de bicicletas para que los niños que viven a varios kilómetros de distancia puedan desplazarse hasta el colegio.

“La educación es el arma más
poderosa que puedes usar para
cambiar el mundo.”
Nelson Mandela

Cuéntame algo bueno. Niño saharaui en bici

Hace años yo era muy atractiva. Tenía un cuerpo brillante y cromado, me habían vestido de colores eléctricos como el azul y el rojo pasión. Conmigo podías llegar al fin del mundo, la gente venía a verme todos los veranos mientras subía los puertos más altos de los Alpes, los Pirineos y los Apeninos. Recuerdo que mi mejor momento era cuando hacía mi paseo triunfal por los Campos Elíseos de París o por el Paseo de la Castellana de Madrid.

Con otros iba al colegio, había quien hacía piruetas conmigo, me llevaban de vacaciones al pueblo o a la montaña. A veces bajaba a tumba abierta caminos pedregosos, que, dicho sea de paso, me dejaban los pies, los zapatos y las rodillas hechas polvo. No obstante, siempre había un alma caritativa que me insuflaba aire de nuevo y me engrasaba las articulaciones. También había quien me enganchaba una cesta metálica y me llevaba de compras por la ciudad. Eso también era muy divertido, yo era siempre la primera que llevaba la ropa de temporada o la que se compraban en las rebajas, aún con las etiquetas puestas y metida en bolsas de colores. En ocasiones me acoplaban un contenedor con ruedas en el que llevaban a una algarabía de niños a la playa. Formaba parte de la familia, de la vida cotidiana de las personas e incluso me convertí en orgullosa abanderada del Movimiento Ecologista. A la gente le molaba porque no hacía daño a nadie, no contaminaba, no hacía ruido, no necesitaba gasolina y además era muy barata, de manera que casi todo el mundo se lo podía permitir tenerme en su vida.

Era la ilusión de los niños, el regalo más preciado y a muchos los llegué a acompañar hasta la universidad y después en su trabajo. En algunos sitios había que tener cuidado porque si te despistabas te dejaban sin culo, pero bueno, tampoco era del todo grave porque descubrías que tus posaderas un día las veías sujetas a otra compañera. Era divertido ver cómo muchas veces tu culo no pegaba con la silueta de la otra y parecía que le hubieran hecho una operación de cirugía estética de saldo.

¡Ay! ¡Qué tiempos aquellos en que era bella y útil a la sociedad…!. Ahora me miro al espejo y me digo: “¡madre mía, qué oxidada estás!”. Llevo años arrinconada en un trastero maloliente, lleno de humedad y rodeada de otros objetos inútiles que el dueño no se decide aún a tirar a la basura. Nadie me saca ya de paseo, me he ido cubriendo de polvo, mis pies están totalmente deshinchados, he perdido mis ojos brillantes, las articulaciones me chirrían y mi voz parece un chasquido que en nada recuerda al sonoro timbre que tenía antes. Ya sólo espero el día en que me suban a un coche para llevarme al vertedero y me despedacen.

Pero…¡un momento!, parece que hay movimiento en el trastero. Ha entrado un chico que ha traído algunas herramientas para ponerme un poquito a tono: aceite para mis articulaciones, un ojo nuevo (bueno, es de una compañera, pero funciona, que es lo importante), una funda para mi culo…También me hincha los zapatos y me da una mano de maquillaje azul eléctrico. La verdad es que no me ha dejado ni tan mal. Se nota que estoy un poco vieja y oxidada pero todavía puedo valer. ¿Qué querrá hacer el chico conmigo?, ¿por qué me ha restaurado?.

Me sube al coche y me lleva al puerto. Unos hombres me visten con cartones y papel burbuja y me ponen una pegatina que dice: BAMAKO. Me meten en un contenedor junto con otras compañeras a las que también han hecho un lifting. Con una grúa nos transportan a la cubierta de un barco. Tengo miedo a la oscuridad y al futuro incierto que me espera. ¿Dónde nos llevan?. Menos mal que por lo menos no estoy sola. El viaje dura varios días en los que algunas lo han pasado mal debido al estado agitado de la mar y la falta de aire. Por fin llegamos a puerto, nos desembarcan, nos sacan del contenedor asfixiante y nos meten en un camión. Esto parece un secuestro. Los operarios del puerto eran de color marrón y hablaban un idioma muy extraño para todas nosotras, pero sí que es verdad que nos han tratado con amabilidad y sumo cuidado, por lo que desechamos la idea de que nos hayan secuestrado. Tras un día recorriendo carreteras polvorientas llenas de agujeros llegamos a un pueblo grande donde una multitud nos espera como si fuéramos estrellas del pop. Hay muchos niños, grandes y pequeños, como nosotras, que también somos de diferentes tamaños. Nos bajan del camión, nos desembalan y nos colocan alineadas como una parada militar lista para revisión. Los mayores les dicen a los niños que se acerquen a nosotras y que cada uno escoja una. Son niños tímidos, otros traviesos, algunos nerviosos, los más emocionados, pero todos tienen algo en común: la cara y los ojos ilusionados porque a partir de mañana tendrán una fiel compañera que les llevará al cole.

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