Lágrimas rojas en un jarrón

No lleguemos hasta aquí. Denunciemos y no seamos cómplices
Ilustración cortesía de Gemma Möese Quilez.  Todos los derechos reservados

Ilustración cortesía de Gemma Möese Quilez.
Todos los derechos reservados

El jarrón  de Talavera azul de la abuela hecho añicos en el suelo rodeado de un charco de agua y unas flores pisoteadas, aunque casi  frescas. Son margaritas blancas y rosas rojas. Aun las rodea un lazo a finas rayas rojas y amarillas. Una mano temblorosa escribió sobre él “lo siento cariño, te quiero, no me dejes…Besos, Jorge”.

Ella se levanta en silencio, lentamente. Uno a uno recoge los pedazos de loza como si quisiera recomponer el  jarrón. Trozos de cerámica para un trencadis, los desechos de un amor consumido. Duda. No sabe si tirarlos a la basura,  ir por el pegamento o llorar amargamente su desesperación. Se mira al espejo y no se reconoce: el pelo revuelto, ojeras como un antifaz negro bajo las pestañas, labios hinchados, gotas de sangre reseca  saliendo de la fosa nasal derecha. Del cajón de la mesita debajo del espejo saca un pañuelo de papel, lo moja con saliva y se restaña cuidadosamente la sangre. Sobre la ceja derecha descubre un moratón incipiente y una diminuta cascarilla del jarrón. Suerte que el ojo no está afectado. Su cara se contrae en un doloroso tic al pasarse el dorso de la mano por la ceja.

El dolor sin embargo no viene de la ceja, está en su pecho: siente el  vacío enorme que deja la promesa rota, la rabia por haber vuelto a confiar en él, la vergüenza de que sus vecinos hayan podido escuchar de nuevo sus gritos: ¡PUTA!¡TE VOY A ARRANCAR LA CABEZA! ¿DÓNDE TE CREES QUE TE VAS, GUARRA? ¿TE QUEDASTE EN PARO OTRA VEZ, NO? ¡ESTÚPIDA! Y AHORA ¿QUÉ? ¿A CASA DE TU MADRE? ¿O TE VAS CON EL GILIPOLLAS ESE? SI LO HE VISTO EN EL BAR CON OTRA PUTA COMO TÚ…

Va al lavabo, abre el grifo y deja correr el agua caliente. Se lava la cara con una toalla, se la seca y comienza a pintarse. Una generosa capa de maquillaje base, colorete, carmín rojo en los labios, sombra azul claro en los ojos, corrector de ojeras. Se peina, se alisa la ropa, coge el bolso, saca las gafas de sol y cierra con llave la puerta que él ha dejado abierta de par en par. Se para un momento en el rellano de la escalera. Silencio. Nadie parece estar en casa ni haber oído nada. Uff, menos mal, piensa.

Al salir a la calle se da cuenta de que no hace sol, de hecho está lloviendo. Se siente ridícula con las grandes gafas negras puestas pero no se atreve a quitárselas. La gente pasa a su lado y nadie mira. Baja las escaleras mojadas del metro, pica el billete y coge el ascensor al andén. Se sienta en un banco a esperar el tren.

Imágenes de un ataúd en la pantalla subtituladas: “Las víctimas de la violencia machista presentaron 128.592 denuncias en 2012, un 4% menos que el año pasado y un 12,13% las retiraron, lo cual supone un aumento del 0,9% con respecto al año anterior, según datos hechos públicos este miércoles por el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género. A juicio de Inmaculada Montalván, presidenta del Observatorio, es la prueba fehaciente de que las víctimas no acuden a la justicia por la dependencia económica que sufren muchas de ellas, empeorada por la crisis actual”.

Una señora a su lado sacude la cabeza incrédula y comenta en voz alta: ―Esta crisis nos está matando, ya ni denunciamos al agresor por miedo a quedarnos sin las migajas del subsidio.

―Y tanto, responde ella, mirándola con los ojos  que se van llenando de lágrimas.

―¿Le ocurre algo?

―No, nada, me estoy acordando de que se me ha caído el jarrón donde estaban las flores que me regaló mi marido el otro día…

―Vaya, qué pena, pero bueno alégrese de tener un marido romántico que le regala flores por San Jordi. Con la que está cayendo…

Llega el tren y la conversación se interrumpe. La mujer se sube entre la muchedumbre que sale. Un acordeonista rumano toca los acordes de una vieja melodía. Al pasar junto a ella s

e para y comienza a cantar

Dos gardenias para ti

Con ellas quiero decir

Te quiero, te adoro, vida mía

Ella le mira absorta y saca de su bolsillo una moneda que deposita en el vaso de plástico. Las puertas del vagón se abren, la mujer y el acordeonista descienden del tren y suben uno tras otro las escaleras mecánicas. Poco a poco el vaso se tiñe de rojo.

http://www.unapalabra.org

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2 pensamientos en “Lágrimas rojas en un jarrón

  1. Uno aprende a amar , no cuando encuentra a una persona perfecta, sino cuando aprende
    a creer en la perfección de una persona imperfecta., y buscas su felicidad incluso aunque
    tú no se la puedas dar. Que Bonito es el Amor cuando lo compartes con libertad y armonía,,
    y decir “Lo Siento” vaya siempre con un “dentro de mí” para expresar ese maravilloso
    sentimiento que se aloja, nutre y pernocta en el fondo de tu corazón.
    Hi Hip Huuuurra !!

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