La Saga de los Isi

Ilustración cortesía de Gemma Möese Quilez. (todos los derechos reservados)

Ilustración cortesía de Gemma Möese Quilez. (todos los derechos reservados)

 

La Saga de los Isi 

En mi pueblo me llaman “El Visionario”, y no porque haya visto OVNIS o enanitos verdes saliendo de una nave espacial, sino porque siempre he sido el adalid de la modernidad y el avance tecnológico, conocedor de los últimos inventos e implementador de los mismos en mi entorno. Si a algún vecino le surge una duda de cómo funciona algo o sobre lo último de la NASA invariablemente la respuesta es la misma: pregunta a Isi “El Visionario”. Me llamo Isidro, aunque todo el mundo me llama Isi, no tanto por acortar mi nombre, sino porque desde pequeño yo siempre formulaba preguntas del  tipo ¿Y si…encontráramos petróleo en Marte? ¿Y si… los coches funcionaran con coca-cola? ¿Y si…se inventara un aparato que reconociera las especies de árboles y plantas al hacerles una foto?.

Además de Visionario, soy agricultor, pero no de los que plantan lechugas; mi propiedad es un huerto tecnológico. Esto fue en lo último en lo que se me ocurrió invertir hace ahora 35 años, cuando se empezaba a hablar de ecología y desarrollo sostenible, hasta en la ONU. Fue entonces cuando decidí un nuevo cambio estratégico: dividir mis tierras entre tres cultivos: la soja , el maíz transgénico y las placas solares fotovoltaicas. Me pareció el sumum de la sostenibilidad, contribuiría al despegue definitivo de las energías renovables  a través del cultivo de la tierra tal y como habíamos hecho en mi familia toda la vida, daría de comer a muchos animales, ayudaría a paliar el hambre en el planeta y además sería una fuente de riqueza económica perdurable en mi región. Suficiente para que la gente pensara en proponerme para hijo predilecto y ciudadano ejemplar, pensé entonces. Yo era el último de los descendientes del bisabuelo Isi , que ya era conocido como El Visionario cuando revolucionó el pueblo con su flamante tractor de cadenas con cuyo ruido despertaba a todos los vecinos allá por  1915.

Posteriormente mi abuelo Isi compró los primeros fertilizantes y hormonas para fortalecer las especies que cultivaba y así evitar plagas y malas cosechas. Dicen algunos que los israelíes inventaron el riego por goteo aunque otros lo atribuyen a un granjero mexicano, pero el caso es que el abuelo Isi en uno de los peores años de sequía se puso a cavilar qué hacer para aprovechar mejor el agua y dudo mucho que le enseñaran ni los israelíes ni aquel mexicano que le quedaba muy lejos e implementó aquella técnica que permitía que con muy poquita agua nuestras viñas tuvieran la humedad justa. En el pueblo mi abuelo provocaba reacciones encontradas: los que le admiraban por su espíritu innovador y los que veían en él a un industrial, más que a un agricultor que vivía de su esfuerzo y de lo que la naturaleza pudiera proporcionarle. Había un tercer grupo que además de todo eso le tenía envidia y no hacía más que conjurar para intentar que sus innovaciones se fueran a pique.

Nació mamá Isi y siguió la senda de sus antepasados. De hecho, ya fue la única de sus hermanos que se quedó en el pueblo. El resto se marchó a la ciudad a trabajar y a estudiar, hubo incluso quien emigró a Francia porque en una de aquellas conspiraciones de los envidiosos, consiguieron arruinar parcialmente a mi abuelo y en casa no había para todos. Ella pensó que ya que se había inventado el plástico habría que sacarle partido y dedicó parte de la tierra al cultivo de hortalizas. ¡Eso sí que fue la revolución! Nunca en estas tierras de secano se había visto un pimiento, un tomate un pepino o un aguacate, pero mamá Isi se adelantó a todo el mundo y fue la primera mujer agricultor que tuvo una cosecha de aguacates en todo el país. Fue tal el revuelo que incluso salió en todos los periódicos y eso que entonces escaseaban hasta tal punto las noticias cuyas protagonistas eran mujeres, que excepto el triunfo de Massiel en Eurovisión, la boda de la Duquesa de Alba y los éxitos de Lola Flores pocas veces se mostraba a la mujer trabajadora.

Cuando entramos en la Comunidad Europea yo ya ayudaba a mi madre en el campo y recuerdo que eran los tiempos en que los franceses quemaban los camiones con la fruta y verdura que venía de España. Fueron tiempos duros, en los que el gobierno se tuvo que adaptar a la PAC, nos arrancaron viñas, bajaron los precios de todo, nos apretaron mucho cuando entraron las grandes cadenas de supermercados extranjeras que compraban las cosechas a precios ridículos. Corría el año 1992, se celebró la famosa cumbre mundial del Medio Ambiente en Río de Janeiro y me dije que tendría que encontrar una solución y ésta vino de la mano de la nueva economía: LA VERDE. Al haber heredado el espíritu innovador de mi familia fui entusiasta de ella enseguida. Era imposible competir con las grandes empresas de producción agrícola que habían creado sus holdings controlando desde la tierra, la siembra, la recolección, el transporte a la distribución y apenas nos dejaba una pequeña parte del pastel de la agroalimentación. Me dije a mi mismo la palabra mágica: ¡REINVÉNTATE Isi!

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Para no meter todos los huevos en la misma cesta me inventé un mix de renovables:

–          Soja: servía para el engorde animal y la mezclada con gasolina daba lugar a los nacientes biocombustibles. También se descubrió que combatía con efectividad el colesterol , era buena para paliar los efectos de la menopausia y la descalcificación, no contenía la tan temida lactosa, en fin todo eran beneficios para el mundo.

–          Maíz: ¡la cantidad de aplicaciones que tenía y yo desconocía! ¡Sobre todo los híbridos! Endulzantes y siropes, aceites, alcoholes, forrajes, pastas alimenticias, que ahora decían los nutricionistas que tenían más proteínas…Podía incluso exportar a América Latina.

–           Placas solares: y a mí que me gustaba la tecnología, ¡cómo no iba a experimentar con esto! Imaginar un mundo sin petróleo era uno de mis Isis favoritos, por lo que instalé las primeras placas fotovoltaicas del país. La verdad es que se hacía raro pensar en aquel campo en el que mi tatarabuelo por lo visto plantaba trigo sarraceno lleno de aquellos artilugios, pero yo todo eso lo hacía en bien del progreso humano.

Los socialistas se apuntaron al carro verde y apostaron por las energías renovables, sin duda era el momento de montarse al tren de la modernidad definitiva. España sería el país líder mundial del nuevo modelo económico y surgieron las instalaciones solares por doquier, los parques eólicos controlados de nuevo por las grandes corporaciones. Pero yo iba a tener éxito con mi mix energético: producía la energía para mi pueblo, el excedente se lo vendía a las grandes de la energía y con los cultivos me aseguraba continuar de alguna manera la tradición familiar a la que no quería renunciar y si alguna de las tres entraba en crisis siempre tendría las otras dos patas para continuar. ¡Era un plan perfecto!. El precio del maíz y la soja subía y amplié la explotación.

Con lo que no conté fue con el batacazo del 2008. Todo se desplomó, los mercados se volvieron locos y hubo especuladores que empezaron a jugar con el mercado de futuros de los productos alimentarios. Empezaba a ver por televisión a campesinos mexicanos haciendo la revolución de la tortilla. Tanto había subido el precio del maíz (las semillas) que era imposible comprar grano con lo que media Latinoamérica se moría de hambre. Por alguna oscura razón se frenó el progreso en las energías renovables y lo que se suponía que iba a ser el negocio y el avance del siglo con los biocombustibles se convirtió en el fiasco total. Además cuanto más biocombustible se producía más se morían de hambre los campesinos de América y África, con lo que yo empecé a tener remordimientos y a no dormir bien.  El gobierno volvió al modelo basado en la energía nuclear y los combustibles fósiles, así que mi energía solar ya no le interesaba a nadie y el excedente me lo compraban a precio de risa.

He ido malviviendo todos estos años, siendo testigo de la progresiva desertización de mis tierras, observando año a año sin explicarme bien por qué que cada vez había menos pájaros y los veranos eran más y más largos y secos. Me doy cuenta de que con el paso del tiempo y las revoluciones tecnológicas he perdido la capacidad de alimentarme por mis propios medios, yo que soy quien cultiva la tierra. Finalmente el banco se ha quedado con casi toda mi propiedad. Como soy amigo del director y en los pueblos en ocasiones se apiadan de ti, más que nada porque se tropiezan contigo todos los días y les resulta incómodo verte totalmente arruinado, me han dejado un pequeño trozo de tierra. Mientras empaqueto los últimos recuerdos y precinto las últimas cajas antes de dejar mi casa, me he acordado de algo que dijo mi abuelo a mi madre antes de morir: ”Isi, pase lo que pase y te vaya como te vaya en la vida, conserva esta cajita que te dejo a ti como herencia y que te pido que luches por conservarla siempre hasta que no te quede otro remedio que utilizarla”. Voy en busca de mi madre, anciana venerable y con principio de Alzheimer, que sentada sobre una caja de cartón contempla la ruina a su alrededor.

―Mamá, ¿tú te acuerdas de la caja de madera de nogal que te regaló el abuelo antes de morir?

―Sí, hijo, sí. ¿Y por qué te viene a la cabeza ahora?

―Porque el abuelo Isi dijo que la conservaras para si algún día te hiciera falta.

Mamá Isi me sonríe y me responde

―Pues sí, creo que ha llegado el momento de desenterrarla.

―¿La enterraste? ―Desesperado sacudí a mi madre por los hombros― Espero que te acuerdes dónde.

―En el único sitio seguro en el que pude pensar y que estaba casi segura que no transformarías.

―¿Dónde?

―Junto al pozo

Busqué ansiosamente entre todas las cajas y herramientas algo parecido a una pala de cavar y sólo encontré una cuchara. Ya ni siquiera tenía algo tan simple como una pala, todo había sucumbido a la tecnología. Mi madre me acompañó hasta el pozo y me indicó el sitio exacto donde tenía que buscar la caja. Con mi cuchara y una paciencia inusitada contraria a toda ley de productividad, encontré tras dos horas de intenso trabajo la famosa caja. Se la entregué a mi madre para que la abriera y me indicó con un ademán de su mano que lo hiciera yo.

Encontré una nota escrita a con mano temblorosa que decía así:

No sé quién eres, si mi hijo, mi nieto, mi bisnieto o mi tataranieto. En todo caso sangre de mi sangre, que es lo que importa. Si tienes esta carta entre las manos es porque estás desesperado y ya no ves otra salida. Lo que ves aquí son varias semillas de diferentes trigos que nuestra familia ha cultivado durante generaciones y generaciones en esta tierra que, aunque a veces inhóspita y agreste, es al fin y al cabo generosa alimentando año tras año nuestros estómagos y esperanzas. Planta estas semillas, recoge su fruto y guarda unas cuantas nuevamente en una caja para las generaciones de Isis que vengan detrás de ti. ¿Y si no hubiera guardado estas semillas?. 

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Semillas de trigo sarraceno

Semillas de trigo sarraceno

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6 pensamientos en “La Saga de los Isi

    • Volver y volver y volver a empezar. Esta es la historia de la humanidad. Ahora lo llaman reinventarse. A veces me pregunto si realmente la especie humana es la más inteligente? ¿Y quién lo ha dicho, aparte de nosotros? Si somos tan listos, ¿cómo es que no sabemos comunicarnos con las hormigas de una manera constructiva? En vez de matarlas con insecticida, deberíamos ser capaces de convencerlas para que no se metan en nuestras casas, ¿no?. En fin, voy a dejar de desvariar…

  1. Me ha encantado esta saga de Isis y espero, y deseo, que continúen por mucho tiempo guardando esas semillas y siendo tan adelantados a su momento, sembrando siempre para recoger…GRACIAS por compartirlo. Besos.

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