Los trenes de mi infancia

Image

A los tres años de edad me convertí en tren.

Entonces mi madre guiaba mis pasos titubeantes.

Me colgaba un pequeño maletín con mis lápices de arco iris

que entretenían aquellos largos y apasionantes viajes hacia el norte

y llenaba de colores las hojas que me dejaba para emborronar con ellos lo que veía ade la ventana.

Landas planas, verdes árboles que apenas podía registrar en mi cabecita, camino de París, aunque ese camino de día era más bien el de regreso.

A la ida era de noche cerrada en un compartimento estrecho de seis literas en cuyas alturas se amontonaban las maletas de nuestros largos veranos a orillas del Elba.

Traqueteaba todo, pero a mí me gustaba dormir en las alturas, encaramándome a la parte más alta de aquel camarote, que no galera.

Mi sueño a veces era interrumpido por una puerta corredera chirriante en Bayonne, Biarritz o Burdeos donde se subían o bajaban viajeros anónimos embozados en sombras como ladrones en una noche sin luna.

A París, la ciudad de la luz, llegaba de mañana.

Mi madre me despertaba amorosamente poco antes de llegar para tener tiempo suficiente de desperezarme e incluso mirar otro rato a través de las ventanas de aquellos interminables pasillos de esos trenes de la SNCF. Ante mis ojos discurrían pueblos y ciudades dormitorio, que aún no se habían despertado, hasta que por fin, el tren aminoraba su marcha y entraba a la estación de Austerlitz. Maletas y confusión en los pasillos, viajeros españoles, marroquíes y portugueses descendían de aquel tren llamado Puerta del Sol, que todos los días de julio y agosto portaba a aquellos esforzados emigrantes andaluces, gallegos, extremeños, lisboetas o del país del Duero, magrebíes de vuelta a su “destierro”, acabadas las bien merecidas vacaciones.

Mi madre desentonaba, en aquel paisaje de color moreno, negro y de acento árabe. Muchos se preguntaban y por cierto admiraban a aquella walkiria que con dos grandes maletas y un niño a cada lado recorría las llanuras europeas en dirección a su patria, haciendo siempre el camino inverso de todos aquellos inmigrantes. Cuando iba a Alemania, retrocedía al hogar de sus ancestros, no a su destierro. Y cuando volvía del lar de sus ancestros, regresaba a su casa, España. Suerte la suya que tenía dos que podía considerar su hogar.

Pero me estoy yendo del tema, porque yo de lo que quería hablaros era de los trenes de mi infancia.

París: estación de Austerlitz, 7 de la mañana. A veces hacíamos salto de altura y contorsionismo para avanzar por aquellos pasillos repletos de gentes y bultos en busca del primer vagón, para poder llegar lo más rápidamente posible a la cola de taxis que nos llevaba a la Gare du Nord, aunque miento, eso era a la vuelta, porque el tiempo para enganchar con el tren de regreso a Hendaya era muy limitado. A la ida era fiesta.

Entrada triunfal en la brasserie de la Gare du Nord. Mi hermano y yo ocupábamos una de aquellas mesas de formica redondas con sillas de madera en aquel ambiente art déco. Mi madre se acercaba a la barra para pedir des croissants et du chocolat chaud. Ella lo acompañaba de un café au lait.  Para mí, 40 años después, sigue siendo el desayuno de los domingos, un ritual que me acerca a aquel placer que nos regalaba mi madre como premio a un viaje agotador. 

Gran hall el de aquella estación du Nord, de techos como catedrales y enormes ventanales de cristal y acero en cuyos paneles se anunciaban a ritmo frenético las salidas de próximos trenes hacia las ciudades con las que empecé a soñar: Londres, Estambul, Varsovia, Viena, Venecia…Con el tiempo las fui colocando en mis mapas mentales.

Tanto me entretenía que a menudo mi madre tenía que andar con mil ojos para que no me perdiera en aquella Torre de Babel laberíntica de andenes y vías. La consigna era para ambos la misma: “agarráos cada uno a una de mis maletas, yo no tengo manos libres”. Aquellas carreras, a veces con la zapatilla desatada o el zapato ya en la mano porque no había tiempo para pararse a atarlo fueron mis primeras correrías como viajera de la vida.

Por fin a salvo, sudorosos, instalados en un tren a Bruselas.

Sobre la mesilla desplegable junto a la ventana, mis pinturas y después mis primeras lecturas. Aunque dicha sea la verdad, poco rato leía y pintaba, prefería aplastar mi nariz contra la ventana y dejar pasar paisaje y paisanajes. A ratos me escapaba para estirar las piernas y recorrer aquellos largos pasillos en dirección a primera clase. Era excitante sentarse en aquellos compartimientos de lujo, espiando que no llegara el revisor que me devolviera a la segunda. A veces entablaba conversaciones con gente, aunque yo era de natural tímida. Sin embargo provocaba en las abuelas esa sonrisa que hacía que muchas me regalaran un bombón, una chocolatina, un caramelo, que yo iba atesorando en mi maletín. Porque claro, en los vagones de primera clase viajaba gente muy distinguida según aquella mirada infantil, curiosa y que camelaba con aquellos ojos oscuros a las elegantes señoras altas, distinguidas, de piel blanca y ojos claros que poblaban aquellos vagones. A menudo llegaba al final del tren, para asomarme a la pequeña ventana por la que observaba la estela del tren sobre las vías. ¡A toda máquinaaa!. Imaginaba que yo pilotaba aquella serpiente de acero por los raíles de aquellos trenes que iban hacia el norte, siempre hacia el norte. Y sacaba mi curiosa cabecita por las ventanas de guillotina, a las que apenas llegaba y alguien siempre me  bajaba para sentir el placer del viento revolviendo mi pelo y azotando mi cara…A veces me asustaba porque otro tren tocando su imponente bocina anunciaba su cruce con el nuestro. El juego era quedarme asomada hasta el último segundo en que el tren arrollador pasaba a nuestro lado, ¿hacia qué destino? Intentaba leer las placas sobre los vagones pero la mayoría de veces pasaba demasiado rápido como para descifrar su procedencia y destino.

Poco antes de Bruselas mi madre, capitana de aquella peculiar tripulación daba las instrucciones pertinentes: tenemos 5 minutos para cambiar de andén, tenemos que tener todo listo, atención que donde nos hemos de bajar es en Bruxelles-Midi, no nos equivoquemos de estación. previamente mi madre había preguntado al revisor de qué andén salía el tren a Colonia y nos indicaba más o menos a qué altura del andén nos tendríamos que situar para subirnos al vagón correcto. Ese era el largo tren que procedente de Rotterdam iba hasta Copenhague, impronunciable para mí entonces. Listooos: venga abajo. Por la ventana del tren nos sacaban a menudo las maletas, porque era imposible circular con ellas por los pasillos. ¡Au revoir, adiós, merci, gracias!, decía mi madre a los gentiles viajeros que le ayudaban o con los que ella había estado charlando en esas tres horas de tren entre París y Bruselas. Correeeed, que nuestro tren ha llegado con retraso, quedan tres minutos. Escalera abajo, túnel larguísimo, vuelve a subir escaleras y el otro tren que va entrando lentamente en la estación. 

¡Ufff! De nuevo lo hemos conseguido- dice mi madre cayendo exhausta sobre el asiento de ese tren alemán, con vagones holandeses y daneses. El viaje ahora son unas 5 horas que dedicamos a jugar a las adivinanzas, a cartas o a charlar con los vecinos de compartimento, a veces jóvenes mochileros que recorren Europa en busca de aventuras, otras funcionarios alemanes que viven en Bruselas y regresan a su casa a pasar el fin de semana, inmigrantes españoles que viven en Alemania…

El recuerdo de la estación de Colonia en los viajes de vuelta es más tenebroso. Allí solíamos llegar a las 22:30 procedentes de Bremen en noches ya frescas de principios de septiembre, andenes lógobres, hall de estación poblado de vagabundos que se tapan con cartones y calientan sus cuerpos con botellas de vino barato y cerveza caliente, de figuras siniestras de hombres que no inspiran demasiada confianza. Mi hermano y yo imperceptiblemente nos agarramos de la mano con más miedo que vergüenza alrededor de las maletas mientras nuestra madre compra los billetes para las literas o si no hay, suplemento en primera clase para ir mas holgados por la noche, estirando los asientos de esos compartimentos con asientos de tela en vez de cuero barato de segunda clase. En aquellos tiempos no había internet y los billetes de litera había que comprarlos aparte. El tren, que procedente de Varsovia con destino a París, con algunos vagones de Cracovia y Moscú nunca llegaba a su hora, que eran las 23:30. Tiritábamos de frío y sueño en aquellos andenes esperando impacientes…

 Pero me he dispersado otra vez…estoy rumbo hacia el norte en ese tren que aún no ha llegado a Colonia. Nos toca merendar todavía en ese tren. Fruta, galletas Príncipe de Beckelaer…¡Cómo molaban aquellas galletas que mi madre habitualmente no compraba en casa…!

El trasbordo en Colonia ya es más pausado, a mi madre incluso le da tiempo a comprar el Spiegel, que en España no se encontraaba entonces en los kioskos, para ponerse un poco al día de lo que pasa en su país antes de llegar a casa.

Ese penúltimo tramo entre Colonia y Bremen ya se hace pesado, mi hermano y yo empezamos a molestar, a pelearnos por cualquier tontería y a impacientarnos…Aún nos queda dos trenes más que coger, el de Bremen a Bremerhaven y el de bremerhaven a Cuxhaven. estos últimos ya son trenes de quinta regional, de aquellos que mi madre siempre decía que cuando era niña avisaban en un letrero que estaba prohibido bajarse en marcha para coger flores y volver a subirse. Yo entonces me lo creía y buscaba esos carteles, incluso alguna vez supongo que le preguntaría a alguien dónde estaban y me responderían con una sonrisa en la boca diciendo: “tesoro, esos carteles ya no existen, los han quitado”. Eso últimos 50 km se estiraban como un chicle demasiado mascado y mi madre a veces caía rendida por todo el esfuerzo de 30 horas de viaje acarreando dos pesadas maletas y vigilando que las dos pulguitas no nos perdiéramos. Más de una vez algún alma caritativa se apiadaba de mi madre y le decía: “descanse tranquila, señora, ya cuidamos de sus hijos”, cuando le preguntaban de dónde veníamos.

Por fin media noche, llegábamos al andén desierto de la estación de pueblo, donde mi abuela y unos amigos de ella que tenían coche nos esperaban con los brazos abiertos para llevarnos a casa, aquel hogar veraniego frente a la desembocadura del Elba desde el que en muchas tarde lluviosas mirábamos cómo pasaban los grandes buques de carga en dirección al puerto de Hamburgo, como si fueran trenes en una vía, esta vez fluvial…  

 

Barcelona, 26 julio, 2013. 

Dedicado a todos los gallegos, muchos de ellos compañeros de viaje en aquellos trenes que iban hacia el norte: de norte a más al norte.

 

Anuncios

2 pensamientos en “Los trenes de mi infancia

  1. Me gustó, me gusta el cuento. Refleja fielmente las sensaciones que se pudieron captar cuando viajaban en esos trenes del norte al norte. como dijiste, faltan olores que se captan en ese viaje, pero oirte narrar ese cuento, para mí es extraordinario. ¡¡¡ Gracias, Bettina!!!

    • Querido Jose, personalmente es un gran placer leer este cuento a cualquier emigrante, porque es un pedacito de historia cotidiana, la que se escribe con minusculas, y por supuesto, un homenaje a esa esforzada generacion de nueatros padres y los padres de sus padres que emprendieron un camino incierto en busca de la prosperidad, que parece que luego nunca nos luce porque nadie es profeta en su tierra, enriqueciendo a otros que si reconocen nuestro talento o capacidad de trabajo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s