Todos somos políticos

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Ayer un lector de mi Facebook me hizo un comentario halagador con respecto a una reflexión en torno a la educación diciendo que si hubiera unas cuantas como yo en el poder este país, citando a Alfonso Guerra, no lo reconocería ni la madre que lo parió. Agradecí su halago, pero la cuestión no es ésta, y es algo que no me canso de repetir. En la democracia de la era moderna nos han acostumbrado a ejercerla únicamente cada cuatro años, en el momento de elegir a los que nos van a respresentar en la función pública. Cuando algo no nos gusta en esos cuatro años, se nos concede el derecho al pataleo, que son las manifestaciones, huelgas y otros instrumentos de movilización, como pueden ser actualmente las redes sociales. Hemos perdido, o nos hemos dejado arrebatar, la capacidad de la co-responsabilidad, tal y como era en tiempos de la polis griega, en la que todos los ciudadanos (bien es cierto que la categoría de ciudadano era la minoritaria) participaban activamente en la creación de las leyes por representación directa y se involucraban en el debate público que esto generaba.

De la misma manera en la época clásica y helenista de la antigua Grecia, tanto durante el esplendor de Atenas como de Alejandría, hubo grandes escuelas de aprendizaje en todas las disciplinas, desde la filosofía, a las matemáticas, pasando por la astronomía, las artes, la arquitectura…La historia nos ha legado el pensamiento de Aristóteles, Platón, Eurípides, Catón y un largo etcétera, pero a menudo olvida a una gran figura, una librepensadora como pocas de nombre Hypatia de Alejandría que fue la más prominente de las filósofas de la neoplatónica Escuela de Alejandría, en los albores del Catolicismo  a la que hoy quiero rendir mi modesto homenaje en el Día de la Mujer Trabajadora, como la gran luchadora que fue de cultivar el conocimento y la ciencia en una época en que estas disciplinas estaban vedadas a las mujeres. Muchos fueron los que se beneficiaron de sus enseñanzas, demasiadas fueron las envidias que suscitó y que finalmente le llevarían a la muerte. Me atrevería a afirmar que con su desaparición comenzó una de las épocas más oscurantistas de la historia europea.

Cuando observamos en el día a día que la política del siglo XXI se ha convertido en un oficio muy lucrativo de una casta que se eterniza en la poltrona para crear un club de amigos que se hacen favores unos a otros, el ciudadano medio se desconecta, se desmotiva, se hunde en la apatía y desconfía del poder. Del mismo modo empieza a ver que no puede hacer nada, que vote a quien vote, las cosas no cambian y se hunde en una resignación paralizante. Por tanto se olvida de que muchas de las cosas y decisiones que toma a diario, por pequeñas que sean, son política y pueden hacerse tambalear a los de arriba si se realizan acciones de manera conjunta, que es lo que los políticos profesionales temen más, porque saben que su hegemonía se basa en una masa apática, borreguil y poco implicada en su propio destino. Pongo algunos ejemplos para ilustrar esto de manera más clara: si acepto unas condiciones laborales de esclavitud y explotación infantil en la India para que yo pueda vestirme una prenda de Zara, estoy invitando al empresario a que el próximo esclavo sea yo, que vaya recortando mis derechos para hundirme en un salario ignominioso que no me permita apenas subsitir. Es decir, que no consumiendo productos de los que sé positivamente cuáles son las prácticas laborales existentes estoy diciéndole a la empresa por dónde van los tiros. Si además esto lo difundo a los cuatro vientos hay un momento en que algún directivo se sonroja y ve peligrar su hucha porque habrá más gente no dispuesta a comprar su productos. Si en mi propio puesto de trabajo soy tajante y aprendo a decir que no a prácticas abusivas, horarios incompatibles con cualquier conciliación familiar y un largo etcétera y animo a otros a que hagan lo propio estoy ejerciendo en política. Si lucho porque la educación, la cultura y el conocimiento esté al alcance de todos, estoy haciendo política.  Si colaboro activamente en una ONG, en una asociación vecinal, en un grupo de consumo, en un proyecto autogestionado o en una cooperativa, estoy haciendo política. Parecerá lento, pero es transformador, puesto que cada vez una mayor parte de la sociedad se da cuenta de que puede contribuir al cambio.

Esto mismo ha ocurrido sorprendentemente en un colegio jesuita. Niños, padres, profesores y directivos se juntaron para encontrar una solución a la incipiente apatía reinante en las aulas. Y con ello están testando una metodología de estudio revolucionaria, aunque si volvemos la mirada atrás en la historia, sería una adaptación del espíritu de la época de Pericles. Han derribado muros, convertido las aulas en foros, en los que los niños estudian por proyectos, y no necesariamente con los de su misma edad. Y cada proyecto se enfoca desde una perspectiva pluridisciplinar, combinando materias (física, historia, geografía, lengua y otras) creando sinergias entre los alumnos, aprovechando la inteligencia colectiva y las capacidades de cada uno de ellos como individuo. No hay exámenes, no hay horarios para el recreo, el alumno es el protagonista, él decide bajo la guía y la ayuda del profesor, que se convierte en un facilitador. Los resultados son prometedores y si el experimento funciona se irá implementando en toda la red de colegios jesuitas, que no olvidemos, tienen aún una parte importante del pastel de la educación en España.

¿Y por qué un modelo así puede tener éxito? Porque pone al individuo en el centro, le hace protagonista de su desarrollo, con capacidad de decisión y con la necesidad de interactuar y colaborar con otros para el bien común. Si nos fijamos, el momento actual está lleno de ejemplos de ese tipo. Desde que surgió Ikea todo el mundo se ha convertido en decorador, desde que apareció la fotografía digital y ésta se implementó en los móviles, todo el mundo se ha convertido en fotógrafo, comparte sus imágenes con el mundo, experimenta, denuncia, es testigo protagonista. Desde que se inventaron los blogs y las redes sociales muchos nos hemos convertido en periodistas, agitadores sociales, valedores de una marca o expertos conocidos en nuestra especialidad o pasión. Los talleres, la formación no reglada se basa en principios de apréndalo Vd. mismo, experimente, cacharree…en definitiva, sea el protagonista. Si el mundo es una red en constante movimiento de personas que ejercen el protagonismo, ¿por qué no aplicamos los mismos principios a la educación, a la política, a las áreas de desarrollo del ser humano?.

 

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2 pensamientos en “Todos somos políticos

  1. Et felicito! Un article molt ben estructurat que serveix per dibuixar i denunciar el nostre dia a dia, a vegades no visible. La POLÍTICA conviu amb nosaltres, des que naixem, i l’abús el patim constantment. Per això és important fer pinya per moure el pedrot que ens asfíxia.
    Una abraçada!

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