La insumisión del alma creativa y amorosa – Reflexiones en torno a la psicología de los eneatipos de Claudio Naranjo

“La moral autoritaria represiva y policial, entonces, deberá evolucionar hacia la condición más sana de una ética de la virtud, fundad en el hecho de que cuando se ayuda a las personas a evolucionar hasta que alcancen a sentirse satisfechas de la vida, surgirá de ellas una bondad natural semejante a la descrita por Lao-Tzé en su famoso libro del Tao y su virtud, que plantea que la virtud fluye naturalmente del Tao —que a su vez no es otra cosa que la propia y verdadera naturaleza”. 

Claudio Naranjocita de claudio naranjo

Cada vez que cae ante mis ojos algún artículo o pensamiento de Claudio Naranjo, me convenzo con mayor insistencia en la necesidad de las transformaciones interiores que deberían llevarnos a quebrar definitivamente un modelo obsoleto y que ha regido los destinos de la historia desde tiempos remotos. Me refiero a la prevalencia del paradigma patriarcal desde el que se nos ha inculcado siempre la idea del castigo y premio como forma de alcanzar la virtud o la rectitud. De este paradigma educativo y la aceptación generalizada de los juicios dogmáticos en torno al mal o al bien absolutos surge una forma de alienar el pensamiento y reducir la educación infantil al estímulo de esta contraposición entre premio y castigo. El niño es premiado en función de su adaptación a la norma y castigado por el no seguimiento de ella mirándolo desde arriba y juzgando su comportamiento sin poner atención en las circunstancias que le llevan a actuar de determinada manera, sin intentar comprender su actitud o su forma de ser. Se recortan sus alas, se le castiga la espontaneidad y poco a poco su capacidad de imaginar y crear.

Así las cosas, el niño entra en el sistema educativo normalizado preparado para ser “formateado”, para absorber información, sin fomentar su espíritu crítico ni alentar su iniciativa de pensar por sí mismo, de manera que pueda crear su propio mundo interior y escala de valores. No se le educa en el autoconocimiento, en buscar las respuestas en sí mismo, en encontrar su paz y equilibrio interiores, que dependen en gran medida del cuidado de su salud emocional, la instintiva y la racional, en una delicada pero preciosa y necesaria armonía.

Contrariamente, el sistema educativo persiste en un curriculum basado en la cátedra, en la absorción en forma de embudos de contenidos, en la evaluación, la calificación y el juicio de sus aptitudes sometiéndolo a una mera puntuación numérica que le permita pasar de curso o acceder a módulos de educación superior, sin tener en cuenta sus propias motivaciones y preparándolo únicamente para una monótona repetición de rutinas y de esta manera acceder al mercado laboral plenamente domesticado para ejercer su profesión sin poner en duda órdenes recibidas de sus superiores o sin motivación para proponer alternativas, ya que previamente su capacidad creativa ha sido mermada por el sistema y sus rígidas normas.

De esa desmotivación surgen las frustraciones, la rabia y muy a menudo la violencia. La persona educada en el servilismo, en la pasividad se convierte por tanto en un instrumento del poder, una vez anulado su criterio. Sufre estoicamente ser vapuleado por el mismo y permite que sus congéneres sean manipulados y violentados igualmente y muy a menudo es fácilmente dúctil y permeable al fanatismo, a hacer suyos los juicios absolutos emitidos por quien considera que detenta el poder sobre él e inconscientemente plegándose a su criterio manipulador. No es propósito de este artículo entrar en las demoledoras consecuencias del fanatismo, sobradamente conocidas y repetidas a lo largo de la historia.

El fomento de la competitividad malsana promulgada desde las corporaciones y estamentos del poder que enfatiza en destruir al adversario, al que tiene más o es teóricamente mejor, en acaparar bienes comunes así como rellenar el vacío existencial y de valores con el consumo sin atender a las necesidades de la conciencia, así como esta involución educativa que venimos observando en la parte del mundo que mal llamamos democrática, me induce a pensar que en torno a esa necesidad, durante generaciones enteras desde la Revolución Industrial los cambios y revueltas sociales generadoras de mayores libertades se han olvidado de la revolución interior del individuo que acompañe esa transformación social, de manera que el cambio paradigmático sea real y efectivo.

En algunos países y en foros educativos diversos se empieza a hablar de la educación para la felicidad, en la que se puede introducir la autosanación emocional y creativa de manera transversal, sin que por ello se trate de asignaturas con contenidos específicos como se haría desde la perspectiva curricular por objetivos y basada en las competencias del sistema tradicional. En esta nueva educación podrían tener cabida disciplinas como el yoga, la meditación, la relajación o incluso el reiki. Debería potenciarse el valor de la asertividad a través de la comunicación afectiva, la PNL y otra dialéctica que conecte con el ser espiritual del individuo.

Romper con ese patrón interior patriarcal, que por tanto se refleje en el sistema educativo es el salto que aun necesita la Humanidad para evolucionar como especie.

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